jueves, 2 de junio de 2011

101 HISTORIAS ZEN



Una taza de té
Nan-in, maestro japonés que vivió en la era Meijí (1868-1912), recibió a un profesor universitario que había acudido a informarse sobre el Zen.
Nan-in sirvió té. Llenó la taza de su visitante y siguió vertiendo.
El profesor se quedó mirando el líquido derramarse, hasta que no pudo contenerse: - Está colmada. ¡Ya no cabe más!
- Como esta taza -dijo Nan-in-, está usted lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle el Zen a menos que vacíe su taza antes?

Si amas, hazlo abiertamente
Veinte monjes y una monja, llamada Eshún, practicaban meditación con cierto maestro del Zen.
Eshún era bonita, aun cunado tenía la cabeza rapada y un vestido sin adorno. Varios monjes se prendaron secretamente de ella. Y uno le escribió una carta de amor, instándola a concederle una cita privada.
Eshún no respondió. Al día siguiente, el maestro daba una disertación al grupo. Cuando terminó, Eshún se puso de pie. Dirigiéndose al que le había escrito, dijo: - Si de verdad me amas tanto, ven y abrázame ahora.

No Puedes robar la luna
Ryôkan, un maestro del Zen, vivía la vida más simple en una chozuela al pie de la montaña. Cierto anochecer, un ladrón entró en la choza, sólo para descubrir que nada había en ella que robar.
Ryôkan volvió entonces y lo sorprendió.
-Tal vez hayas hecho un largo camino para visitarme -dijo al merodeador-, y no debes irte con las manos vacías. Por favor, acepta mis ropas como un presente. El ladrón quedó desconcertado. Tomó las ropas y se fue a hurtadillas.
Ryôkan, desnudo, se sentó contemplando la luna. -Pobre hombre -caviló-. Ojalá pudiera darle esta hermosa luna.

Camino embarrado
Tanzán y Ekidô andaban juntos cierta vez por un camino embarrado. Seguía lloviendo intensamente.
Al llegar a un recodo, vieron a una hermosa joven, con kimono de seda y ceñidor, que no se animaba a intentar el cruce.
-Vamos, niña -dijo Tanzán al punto y, levantándola, la llevó en brazos a través del lodo.
Ekidô guardó silencio hasta la noche, cuando llegaron a un templo en que alojarse. Entonces ya no pudo contenerse:
-Los monjes -dijo a Tanzán- no nos acercamos a las mujeres, sobre todo si jóvenes y agraciadas. Es peligroso ¿Por qué has hecho eso?
-Yo he dejado allá a la muchacha -repuso Tanzán-. ¿Tú todavía la traes contigo?

Mi corazón arde como el fuego
Sôyen Shakû, el primer maestro del Zen que fue a Estados Unidos, decía: -Mi corazón arde como el fuego pero mis ojos son fríos como cenizas apagadas.
Formuló las siguientes reglas, que practicó cada día de su vida.
Por la mañana, antes de vestirte, quema incienso y medita.
Retírate a horas regulares. Toma alimento a intervalos regulares. Come moderadamente y nunca hasta el punto de satisfacción.
Recibe a un huésped con la misma actitud que cuando estás solo. Cuando estás solo, mantén la misma actitud que cuando recibes huéspedes.
Vigila lo que dices, y cualquier cosa que digas, practícala.
Cuando se presenta una oportunidad no la dejes ir, pero piensa siempre dos veces antes de obrar.
No te lamentes por el pasado. Mira al futuro.
Ten la actitud intrépida de un héroe y el corazón amante de un niño.
Al retirarte, duerme como si hubieses entrado en tu último sueño. Al despertar, deja el lecho tras de ti al instante, como si desecharas un par de zapatos viejos.


Fragmentos del libro "Zen Flesh, Zen Bones" 
101 Historias Zen, compiladas por Nyogen Senzaki y Paul Reps.

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