lunes, 9 de marzo de 2026

El silencio roto de Lola Herrera: cuando el grito individual desafía el silencio estructural de las mujeres


Ayer, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, millones de personas salieron a las calles para reclamar igualdad, justicia y el fin de las violencias machistas. Y en ese mismo día, en Lo de Évole, una mujer de 90 años se sentó frente a Jordi Évole y volvió a recordarnos por qué su voz sigue siendo tan necesaria.

Lola Herrera habló ayer de Función de noche, esa película de 1981 donde ella y su exmarido, Daniel Dicenta, se sentaron frente a una cámara a decirse todo lo que durante años no pudieron decirse. Y dijo algo que debería habernos atravesado a todos:

"Eché fuera de mí todo el dolor que tenía de tanto tiempo y yo no sabía que tenía tanto dolor. Pero lo cierto es que tenía el dolor de la incomunicación, sobre todo, de no poder comunicar, de no poder decir el horror de haber fingido y poder clarificar algo sin que le hiriese ni le hiciera mal como hombre, ¿no?"

Ayer, 8 de marzo, Lola Herrera volvió a nombrar lo innombrable. Y yo no pude dejar de pensar: ¿cuánto de ese dolor sigue siendo hoy el dolor de tantas mujeres? ¿Cuánto hemos avanzado realmente en la escucha? ¿Por qué ese grito, lanzado hace más de cuarenta años, sigue sonando tan actual, tan necesario, tan incómodo?

De esas preguntas nació el ensayo que comparto hoy, y que cobra más sentido que nunca después de escucharla ayer. En él he tratado de reunir:

  • Las investigaciones de expertos como Sylvie Pérez, Olga Albaladejo, James Pennebaker y otros sobre el impacto del silencio.
  • El análisis de cómo ese silencio ha operado históricamente sobre las mujeres.
  • El caso de Lola Herrera como paradigma de la catarsis y el alivio.
  • Las consecuencias de mantener ese silencio para todo el entorno.

Es un texto largo, porque el tema lo merece. He procurado que cada página aporte una pieza necesaria para entender por qué el silencio de las mujeres es un problema de todos.

Ayer fue el Día de la Mujer. Hoy es el día de seguir escuchando.

Gracias por estar al otro lado.

viernes, 6 de marzo de 2026

Diálogos con Maluisse: el equilibrio de la bicicleta

Velle: Abuela, hoy estaba pensando en esa frase de Einstein que me contaste una vez: "La vida es como una bicicleta, para mantener el equilibrio tienes que seguir pedaleando hacia delante". Pero justo ahora siento que voy cuesta arriba y me falta el aire.

Maluisse: Es curioso que traigas esa imagen, ternura. Dime, ¿qué es lo que más te pesa en este momento del camino?

Velle: Todo. Los estudios, lo que se espera de mí, mis propias metas... A veces quisiera frenar, pero si lo hago, siento que me caigo. Y si sigo, me duelen las piernas.

Maluisse: Escucha eso que dices: "si freno, me caigo". ¿Eso es real o es el miedo hablando?

Velle: No sé... Cuando me detengo a pensar en todo lo que debo hacer, me entra una angustia que me paraliza. Es como si mi cuerpo quisiera pedalear pero mi mente pisara el freno.

Maluisse: Ah, entonces tenemos dos fuerzas distintas. Por un lado, tu Niña que quiere avanzar, que tiene energía y curiosidad. Por otro, una voz que frena. ¿De quién es esa voz?

Velle: (piensa) Es como un vigilante interno. Uno muy severo que me dice: "Si no lo haces perfecto, mejor no lo hagas". "Si te caes, quedas mal". "Mide cada pedalada".

Maluisse: Ese vigilante es lo que llamamos el Padre Crítico. No nació contigo, lo fuiste construyendo con experiencias, con mensajes que recibiste. El problema es que cuando ese Padre Crítico se sienta en el manubrio, el Adulto —que es quien realmente sabe pedalear— queda en el asiento trasero.

Velle: ¿Y cómo hago para que el Adulto tome el control sin que el Crítico me grite desde atrás?

Maluisse: La neurociencia dice algo hermoso sobre esto, mi niña. Tu cerebro tiene un sistema de alarma —la amígdala— que se activa cuando el Padre Crítico anuncia peligro: "vas a caer, te van a juzgar". Pero tu corteza prefrontal —el Adulto— puede calmar esa alarma si la entrenas.

Velle: ¿Entrenarla? ¿Como a un músculo?

Maluisse: Exactamente. Cada vez que el miedo a "caerte" te paralice, puedes hacer una pausa y preguntarle a tu Adulto tres cosas:
— ¿Es cierto que detenerme es fracasar?
— ¿Qué he aprendido de mis caídas anteriores?
— ¿Qué pedalazo pequeño puedo dar ahora, aunque sea imperfecto?

Velle: O sea, ¿no se trata de no caer, sino de saber levantarse?

Maluisse: (sonríe) Eso es, ternura. La bicicleta no funciona en línea recta perfecta. Tiene curvas, baches, piedras. El equilibrio no es un estado fijo, es una habilidad dinámica. En neurociencia le llaman alostasis: la estabilidad se logra a través del cambio, no a pesar de él.

Velle: Entonces, cuando me caigo en un error...

Maluisse: Tu cerebro libera cortisol, sí. Te sientes mal. Pero si en lugar de castigarte activas al Padre Nutritivo —esa voz que te dice "levántate, ya has superado esto antes"—, entonces liberas oxitocina, que calma el miedo. Y si además tu Adulto analiza qué pasó, tu cerebro poda las conexiones del miedo y fortalece las de la resiliencia.

Velle: O sea, ¿cada caída bien gestionada me hace más fuerte para la próxima cuesta?

Maluisse: Así es. Como cuando aprendiste a montar bicicleta. ¿Recuerdas? Al principio te caías, te raspabas, llorabas. Pero algo dentro de ti decía: "inténtalo otra vez".

Velle: Sí... Y ahora ni pienso en cómo mantener el equilibrio, simplemente pedaleo.

Maluisse: Exacto. Eso es el Adulto integrado: cuando la habilidad se vuelve natural porque el Niño confía y el Padre anima. El secreto no está en la perfección del trayecto, está en la disposición a seguir moviéndote.

Velle: Abuela, ¿y si a veces el camino es tan duro que dan ganas de bajarse de la bicicleta?

Maluisse: Entonces te sientas un momento en la cuneta, ternura. Eso no es rendirse, es reconocer que el Niño necesita un descanso. Pero cuando te levantes, que no sea para volver atrás, sino para seguir hacia delante, aunque sea despacio.

Velle: ¿Incluso si solo avanzo un metro?

Maluisse: Un metro sigue siendo movimiento. Y el movimiento, aunque sea pequeño, le recuerda a tu cerebro que la vida fluye. Que no estás atascada. Que el equilibrio se reencuentra con cada pedalada.

Velle: (respira hondo) Voy a intentar ver mis miedos como baches, no como barreras infranqueables. Y a tratarme con más cariño cuando sienta que flaqueo.

Maluisse: Eso es poner al Adulto al mando, con un Padre Nutritivo que te sostiene y una Niña que sigue maravillándose con el paisaje. Así se pedalea lejos, mi amor.

Velle: (sonríe) Gracias, abuela. Creo que por fin entiendo por qué Einstein eligió una bicicleta y no un coche o un tren para explicar la vida.

Maluisse: ¿Por qué?

Velle: Porque el equilibrio de la vida no se mantiene solo, como en un coche automático. Hay que construirlo a cada paso. Y porque hasta en el movimiento más simple, hay libertad.

Maluisse: (con ternura) Ves cómo tu Adulto ya va tomando el manubrio.

Velle guarda silencio. Afuera, el viento mueve las hojas. Por un momento, imagina que ella misma es esa bicicleta: no necesita ser perfecta, solo necesita seguir pedaleando.

domingo, 18 de enero de 2026

El juego del poder y el silencio


En los últimos días han aparecido denuncias públicas realizadas por antiguas empleadas que trabajaron en el entorno de Julio Iglesias. Más allá de los procesos legales —que tienen su propio recorrido y sus propios criterios—, este caso ofrece una oportunidad clara para explicar cómo entiende el Análisis Transaccional (AT) las dinámicas de poder, silencio y abuso.

El objetivo de este texto no es juzgar ni dictaminar culpabilidades, sino mostrar cómo funcionan ciertos patrones relacionales cuando existe una gran desigualdad entre las personas implicadas. 

¿Por qué el AT habla de “juegos”?

En Análisis Transaccional, un juego psicológico no es algo lúdico ni voluntario. Es una secuencia de interacciones que se repite en el tiempo y que genera "beneficios psicológicos" previsibles para al menos una de las partes.

Que haya más de una persona implicada no significa que todas tengan el mismo poder ni la misma capacidad de elección. En contextos muy desiguales, el juego no se sostiene porque ambas personas quieran jugar, sino porque una puede imponer (PODER) las reglas y la otra debe adaptarse (IMPOTENCIA) para no perder algo importante.

En AT, “juego” no significa acuerdo ni diversión; significa patrón que se repite porque resulta rentable para alguien.

Poder y jerarquía: cuando la relación no es entre iguales

Cuando una figura concentra fama, dinero, prestigio y control sobre el espacio —como ocurre en ciertos entornos domésticos o laborales—, la relación con quienes trabajan para ella  está determinada a ser de dependencia y adaptación.

Desde el AT, la pregunta no es si la otra persona “aceptó” o “consintió” el abuso, en este caso, sino qué margen real tenía para decir que no sin sufrir consecuencias graves.

La jerarquía reduce el margen real de elección de quien está abajo.

El Niño Adaptado: adaptarse para sobrevivir

Uno de los conceptos más útiles del AT para entender estas situaciones es el del Niño Adaptado. No se trata de inmadurez ni de debilidad, sino de una respuesta aprendida cuando el entorno es amenazante.

Callar, minimizar, reír por compromiso o evitar el conflicto son estrategias de adaptación cuando la alternativa puede ser perder el trabajo o el sustento.

Adaptarse no es consentir; es intentar reducir el daño posible.

¿Quién obtiene el beneficio?

En los juegos de explotación o de poder, el reparto es claro. Quien tiene el poder recibe atención, disponibilidad y silencio, mientras que el desgaste emocional se concentra en la parte más débil.

Observa siempre dónde se acumulan los beneficios y dónde se paga el coste.

El entorno es parte del juego

El entorno nunca es neutral. Justificar, minimizar, admirar al poderoso o guardar silencio convierte al entorno en parte activa del juego.

Cuando el entorno protege, el abuso se vuelve estructural.

“¿Por qué hablan ahora?”

Esta pregunta aparece siempre. La respuesta es clara: hablar es posible cuando el coste baja para ella, no cuando aumenta el coraje. Porque su silencio, aunque te parezca paradójico, no era falta de valentía, sino exceso de fortaleza, pretendiendo evitar un coste mayor que se sumara al abuso.

Cuándo se rompe el Juego

 Los juegos se sostienen por rentabilidad, no por maldad. Un juego continúa mientras: alguien obtiene algo que necesita (poder, control, reconocimiento, comodidad) en el caso del explotador, y el coste de seguir jugando es menor que el coste de parar, en el caso del explotado.
El juego no se rompe por conciencia moral, sino porque el contexto deja de garantizar impunidad. Cuando el abuso deja de ser rentable, algo empieza a cambiar.

El problema no es que exista poder. El problema es el poder sin límite, sin feedback y sin coste.

Cuando una persona ocupa una posición de poder —económico, simbólico, jerárquico o afectivo—, el poder no solo le permite actuar, sino que modifica el sistema de consecuencias en el que se mueve. 

En primer lugar, el poder reduce el contacto con las consecuencias reales. El entorno amortigua el impacto de la conducta: nadie confronta, nadie pone límites claros, nadie devuelve información honesta. Desde el AT, esto significa que el estado del Yo Adulto pierde datos fundamentales para revisar la propia conducta. Si no hay consecuencias, no hay motivo interno para cambiar.

Además, el poder infantiliza el entorno. Las personas que dependen del poderoso suelen desplazarse a un Niño Adaptado: cuidan lo que dicen, evitan el conflicto y priorizan no molestar. El sistema se regula solo, sin necesidad de imposiciones explícitas.

A esto se suma la confirmación del guion de vida. La ausencia de límites refuerza creencias como “tengo derecho”, “estoy por encima” o “las normas no son para mí”. Cada vez que no ocurre nada, el guion se confirma. Y lo que se confirma, se repite.

Con el tiempo, la repetición  de conductas abusivas sin consecuencias normaliza el abuso. Lo que desde fuera puede verse como claramente abusivo, dentro del sistema del explotador se vive como costumbre, como “así son las cosas”.

Para quienes están en la posición más débil, el silencio no es pasividad ni consentimiento, sino una estrategia de adaptación. Callar reduce riesgos cuando hablar puede implicar perder el trabajo, el sustento o la protección del entorno.

El juego empieza a romperse cuando cambia el contexto: cuando el silencio deja de ser seguro, cuando la palabra aparece, cuando el prestigio se erosiona o cuando el entorno deja de proteger.