jueves, 21 de abril de 2011

Del pánico a la alegría

fobias y pánico


Sólo el que ha pasado o está pasando por la experiencia de un ataque de pánico o de una fóbia sabe cuanto sufrimiento acarrea.

En una sociedad cada vez más exigente con el individuo, más agresiva y cambiante la ansiedad está garantizada. Los ataques de pánico se añaden a lo que hoy se denominan "nuevas patologías" o "
nuevas formas de expresión de viejas patologías”.

La OMS, en 1997, planteó que estamos ante una verdadera catástrofe epidemiológica, en la que los desórdenes mentales representan el 12 por ciento de las causas de enfermedad en todo el mundo.

El trastorno de pánico es una categoría diagnóstica relativamente reciente, fue incluido formalmente en el DSM III, dispuesto por la American Psychiatric Association, en 1980 y retomado en el DSM IV en 1994. En 1992 la OMS incluyó este cuadro en su versión española denominada CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades, décima versión).

El Breviario del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de 1994 define la crisis o ataque de pánico de la siguiente manera: “Comprende la aparición temporal y aislada de miedo o de malestar intenso acompañada de cuatro o más de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión dentro de los primeros diez minutos. Los síntomas ordenados según la frecuencia estadística de aparición de mayor a menor son los siguientes: miedo intenso o pánico, taquicardia, sudoración, temblores o sacudidas, sensación de ahogo, sensación de atragantamiento, opresión o malestar torácico, náuseas o molestias abdominales, inestabilidad, mareo o sensación de desmayo, desrealización o despersonalización, miedo a volverse loco o descontrolarse, miedo a morir, parestesias (hormigueos o entumecimiento), escalofríos o sofocaciones”. “Para que exista un Trastorno de Pánico es necesaria la presencia de ataques de pánico recurrentes e inesperados y que al menos una de las crisis haya sido seguida, durante un mes o más, de uno o más, de los siguientes síntomas: inquietud persistente ante la posibilidad de tener más crisis, preocupación por las consecuencias o implicancias de la crisis, cambio significativo del comportamiento relacionado con las crisis.”

Según el psicólogo estadounidense David Barlow, la agorafobia (“temor a los espacios abiertos”) está presente en un 95 por ciento de los trastornos de pánico diagnosticados. La escuela de Estados Unidos, liderada por Donald Klein, afirma que la agorafobia es siempre secundaria al ataque de pánico, produciéndose una evitación progresiva que es condicionada por el estímulo aversivo generado por la crisis de pánico. Hoy se la define como el miedo a encontrarse en lugares o situaciones en los cuales no esté disponible una ayuda, en el supuesto de tener un ataque o en las circunstancias en que el escape resulte dificultoso, debido a restricciones físicas o sociales.

Las crisis de pánico pueden ser:
- completas o típicas (si presentan cuatro o más síntomas);
- incompletas o de síntomas limitados (con menos de cuatro síntomas).

Las circunstancias determinantes de su aparición se dividen en:
- Inesperadas o espontáneas: son aquellas en las que no puede detectarse un factor causal y ocurren típicamente el comienzo del trastorno de pánico; pueden repetirse en cualquier momento de la enfermedad.
- Situacionales: se desencadenan por la exposición a un estímulo atemorizante y aun por la anticipación del mismo. Además de ocurrir en el trastorno de pánico con o sin agorafobia, pueden darse en la fobia social y en el trastorno de estrés postraumático.
- Más o menos relacionadas con situaciones determinadas: ocurre a veces al exponer a la persona a estímulos potencialmente fobígenos (generadores de temor fóbico).

La edad típica de comienzo es entre los 25 y 30 años, o en la adolescencia tardía, una época que en nuestra cultura implica la transición, separación e independización y en la cual se tienen que asumir las responsabilidades de un adulto. Existen manifestaciones precoces como el llamado trastorno de ansiedad por separación infantil, que son frecuentes entre los antecedentes de los afectados.

Las tasas de prevalencia son mayores en las mujeres –tres de cada cuatro afectados son mujeres– así como en las personas separadas o divorciadas y en quienes han sufrido un distrés significativo como los vinculados con muertes cercanas, desarraigos, mudanzas, migraciones, abortos o partos recientes.


Empiezo un apartado para recopilar todos aquellos recursos que nos sirvan para combatir este mal que, si bien es superable, requiere esfuerzo y decisión.





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